La tragedia de Caravaca: una vida perdida en el fuego y una lección que no aprendemos

Una mujer de 39 años ha muerto calcinada en su propia casa, en Caravaca de la Cruz
Y lo digo así, sin florituras, porque las tragedias no se maquillan. Sucedió de madrugada, cuando el mundo duerme y las alarmas no siempre suenan a tiempo. El reloj marcaba las 3:43 de la mañana cuando el 112 comenzó a recibir llamadas angustiosas: fuego saliendo por la puerta, gritos de auxilio, desesperación pura.

Un hombre —37 años, que ya no olvidará jamás esta noche— logró sacar a su madre de 69 años entre las llamas. Ambos, con quemaduras, fueron evacuados al hospital Virgen de la Arrixaca. Pero no todos tuvieron esa suerte. Los bomberos, al llegar, solo pudieron confirmar la muerte de la mujer atrapada. Ni una segunda oportunidad, ni un último aliento.

Y uno se pregunta: ¿qué nos cuesta tener un maldito extintor en casa? ¿Qué nos impide pensar, aunque sea una sola vez, en comprar extintor CO2 y dejarlo a mano, como se deja el cargador del móvil? No, no es un lujo. Es supervivencia. Es sentido común, ese que tanto escasea.

Un extintor CO2, por cierto, está diseñado para apagar fuegos eléctricos y de líquidos inflamables sin dejar residuos. Ideal para una vivienda moderna, donde todo —desde el microondas hasta la regleta— puede ser el inicio del infierno.

Cinco bomberos, dos camiones, tres ambulancias.
Todo un despliegue. Pero a veces, cuando el fuego ya ha empezado a devorarlo todo, ni la mejor intervención puede devolver la vida que se ha ido. A las 5:02 se dio por extinguido el incendio. Pero la tristeza, esa no se apaga tan fácilmente.

Así que, si me permite el lector un consejo: antes de que le toque llorar por alguien, haga lo sencillo. Piense en prevención. Piense en su gente. Y piense también en comprar extintor CO2. Porque no cuesta tanto. Y porque nunca se sabe.